Florence visitée par Pedro de Alarcón
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Arrivée et déambulations de l'écrivain espagnol Pedro de Alarcón, en admiration devant tout ce qu'il voit à Florence.
Las quince leguas, ó sea las tres horas de ferro-carril que hay de Luca á Florencia, constituyen uno de los viajes más deliciosos que podéis imaginaros. Las maravillas se suceden sin interrupción: de la fértil campiña se pasa al sombrío bosque: de la agreste montaña se baja al extensísimo olivar: en una parte, moreras, naranjos, olorosos laureles: en otra, cristalinos riachuelos ó canalizadas acequias, que esparcen el riego por los verdes sembrados: á cada paso, una ciudad, una aldea, una quinta: de vez en cuando, las ruinas de algun castillo señorial; y siempre y por todos lados, flores y verdura (¡flores en diciembre!), un cielo radiante, un aire perfumado, un sol de oro; gente bella y locuaz ; gracia y arte en la disposición de los edificios más vulgares; lujo en la naturaleza; alegría en el hombre; poéticos recuerdos por do quiera... — Tales, en resumen, la Alta Toscana , muy semejante, por cierto, al territorio granadino.
El ferro-carril se dirige primero al Nordeste, deslizándose al pie de frondosas colinas cuajadas de caseríos, y dejando ver á la derecha una vasta y riquísima llanura.
Asi se pasa cerca de Pescia, pequeña y linda ciudad; por Montecatini y Pieve á Nievole, preciosos pueblos; por Serravalle, reclinada ya en las faldas del Apenino y coronada por una antigua fortaleza, y finalmente, se llega á Pistoja, ciudad más importante, también fortificada, célebre en la antigüedad porque no lejos de sus muros tuvo lugar la sangrienta batalla en que murió Catilina, y muy nombrada en la Edad Media á causa de la guerra feroz que se hicieron sus habitantes, divididos en Blancos y Negros, á pesar de ser todos blancos.
De buena gana hubiera entrado en Pistoja y visitado sus templos, notables, según me aseguraron, por las muchas y muy buenas esculturas que encierran...
Pero la atracción de Florencia érame ya irresistible.
En Pistoja se nos agregaron tantos viajeros, que fue necesario añadirle al tren cuatro veces más coches que habia sacado de Luca. — Y es que en Pistoja se reúnen todas las diligencias que cruzan el Apenino viniendo de la Emilia y de la Lombardía con dirección á Florencia.
En adelante, caminamos al Sudeste, alejándonos del Apenino todo lo que nos habíamos acercado á él y penetrando en una amenísima llanura tapada de árboles.
Allí encontramos á Prato, ciudad de 12,000 habitantes; amurallada; sumamente industrial, á juzgar por las innumerables chimeneas de Fábricas que la coronan, y llena de preciosas obras de arte, según me dijo un compañero de coche que se quedó en aquella estación.
—¡Prato! (exclamaba en tanto Jussuf). Hacerse aqui gorros colorados para moros turcos.
— Ciertamente, respondió otro viajero.
— ¿Y por dónde lo sabes tú? le preguntó Caballero al marroquí.
— Haber en Liorna gorros muy baratos (replicó este sonriendo como un niño). Yo preguntar, Judio decir: — «Estar gorro para turco; chico para moro.»—Moro no comprar.
En esto, empezábamos á llegar á Florencia.
Florencia, como todas las capitales de primer orden (exceptuando á Madrid), se anuncia antes de aparecer á los ojos del viajero. Las fábricas, las quintas, los palacios campestres, las casas disiminadas acá y allá, el aprovechamiento del terreno, las huertas lujosamente cercadas, todo revela, desde que se sale de Prato, que se aproxima uno á un gran foco de poblacion, á un gran centro de vida, á un gran campamento,—del cual está recorriendo las avanzadas...
Poco á poco van estrechándose las distancias entre los aislados edificios; van relacionándose éstos; va formándose la colmena ; va condensándose la Ciudad..., hasta que, por último, aparecen á lo lejos algunas elevadísimas Torres; y luego la gran masa de la Capital, en magnífica perspectiva...
—¡Florencia!... aquella es Florencia, ó sea la patria de las flores (se apresura á deciros vuestra memoria, temerosa de que se entristezca vuestro corazon): aquella es la Ciudad dos veces ilustre en la historia del arte, como etrusca y como italiana; aquella es la rival y vencedora de Fiésole, cuyo esqueleto blanquea todavía en la próxima montaña; aquella es la Colonia embellecida por los romanos, la deidad admirada y luégo destruida por los bárbaros; la desheredada princesa restablecida en su trono por Cárlo Magno; aquella fué luégo la ardiente republicana, al par que elegante aristócrata, que dispensó sus favores indistintamente á Güelfos y Gibelinos, y fue amada y maldecida por el infortunado Dante; esa es la Córte de los Médicis, de aquella familia de astutos comerciantes que se trasformó de pronto en dinastía de Príncipes, y dió Reinas á toda Europa, Pontífices al Cristianismo y Tiranos á Florencia..., pero tiranos ingeniosos que hicieron olvidar á los toscanos su perdida libertad, adormeciéndolos con el suave beleño de las letras y las artes y enervando su clásica energía en el seno del lujo y los placeres; esa es la Atenas del Renacimiento, la Ciudad-museo, en cuyas plazas se ven todavía, revueltas con la multitud ociosa, las esculturas de Miguel Angel y Benvenuto Cellini; esa fue la cuna del talento, el emporio del saber y la cultura, la escena de los grandes crímenes, el salon de las lujosas fiestas, la gran escuela política; ahí se encuentran hoy millones de libros, cuadros, estátuas, joyas, medallas, camafeos, bronces, manuscritos, reliquias, templos, sepulcros y palacios, testimonios elocuentes de las glorias florentinas; esa es, en fin, la patria de Dante, de Maquiavello, de Bocaccio, de Americo Vespucio, de Cimabue, de Ficin, de Mars, de Andrea del Sarto, de Lorenzo de Médicis, de Leon X, de Lulli, de Bruneleschi, y de otros muchos artistas, poetas, papas, historiadores, sabios, guerreros y navegantes de inmortal renombre...
Tal es la Florencia que ve la imaginacion, en tanto que los ojos descubren sucesivamente un apiñado grupo de Torres señoriales, Cúpulas y Campanarios; altos techos de enormes edificios; graciosas siluetas de negros Palacios, destacándose en el limpio cielo; Puertas almenadas; Jardines levantados sobre algunas azoteas ; calles de árboles; Puentes; Arcos; los anchos espejos del Arno caudaloso; suntuosas casas modernas ; centenares de carruajes por todos lados; una inmensa muchedumbre á pie; lujo, animacion, alegría, movimiento y ruido en la estacion del Ferro-Carril, en los Muelles, en el rio, en las calles, en las plazas, en todas partes...; una gran capital, en fin, quo recuerda á Milán, ó más bien á Sevilla; pero que las aventaja en hermosura...
Mucho antes de entrar en Florencia, se han visto ya tres de sus principales maravillas, que son : la alta y esbelta Torre del Palacio Viejo ó de la Señoría; un maravilloso Campanile (que desde el primer momento hace olvidar aquel tan extraño y bello que acaba de admirarse en Pisa), y sobre todo la audaz y gigantesca Cúpula de la Catedral, llamada Cúpula de Brunelleschi, del nombre de su autor. — Estas tres obras maestras, solitarias reinas del aire, hacen adivinar al viajero todo el esplendor de la Ciudad que se extiende debajo de ellas.
Una vez intramuros, llama vivamente la atención la singular elegancia de todo lo que se ve ; el buen tono, por decirlo así, no sólo de las personas, sino de las cosas; el decoro, el aseo, la gracia de las calles, de los edificios y de las gentes; el aire de decencia y de cultura que se respira por do quiera ; la pulcritud y perfección del empedrado; los contornos artísticos y la noble severidad de los palacios ; la compostura y limpieza de la muchedumbre; el gusto, cuando no el lujo, de las tiendas; la aristocrática disposición de la entrada de los cafés y de los hoteles, y, sobre todo, el gran número de extranjeros de todos los países, en particular ingleses (y entre los ingleses, centenares de fashionabilísimas inglesas), que han tomado carta de ciudadanía á las orillas del Arno, siendo para la patria de las flores una especulación y un adorno, ó sea becerros de oro para los comerciantes y figurines de la moda para sus hijas.
Nuestro primer cuidado al salir de la Estación del Ferro-carril, fue venirnos al Hotel de l'Arno y hacer un ligero estudio acerca de la cocina de Florencia, que no nos pareció mala : en seguida nos marchamos á recorrer superficialmente la Ciudad, en cuya operación hemos empleado desde la una de la tarde hasta el oscurecer; y, ya oscurecido, nos hemos vuelto á casa, de donde yo no he querido salir, con tal de pasar la velada coordinando mis apuntes de Pisa y de Luca, como acabo de hacerlo, y reseñando además, como lo voy á hacer, las principales cosas que he visto esta tarde, durante mi primer paseo á la ventura por la corte de los Médicis. — Manos, pues, á la obra.
En Florencia, como en Pisa, el Arno es la calle principal, la gran arteria de la población, el boulevard que la parte en dos mitades. — A cada lado del opulento rio hay un ancho Muelle, llamado Lungo l'Arno, en que se levantan, sobre todo en el de la derecha, soberbios Palacios y magníficos Hoteles. — Desde el balcón del que nosotros habitamos se descubre toda la longitud de esa triple calle, ó sea cerca de una legua de muelles y rio, viéndose sobre este último hasta cinco Puentes de variada forma, que son: il Ponte delle Grazie, sólido y viejísimo, sobre el cual se levantan algunas casas ; il Ponte Vecchio, que se halla casi á la puerta de nuestro Hotel, y que constituye uno de los principales centros del comercio de Florencia (pues, como el Puente de Ríalto de Venecia, sostiene dos hileras de casas, cuyos portales son otras tantas tiendas, ocupadas casi todas por plateros) ; il Ponte á Santa Trinitá, compuesto de tres elegantes y atrevidos arcos peraltados, y adornado con cuatro Estatuas ; il Ponte della Carraja, así llamado por los muchos carros que pasan sobre él, y finalmente, allá muy lejos, donde no hay ya casas á las márgenes del Arno, sino jardines y alamedas, il Ponte di Ferro, uno de los dos puentes colgantes tendidos sobre el rio en las afueras de la Ciudad.
Después de recorrer de un extremo á otro el Lungo l'Arno, ó Lung' Arno , hemos dirigido nuestros pasos á la célebre Plaza de la Señoría ó del Gran Duque, que, por sus monumentos arquitectónicos y por sus recuerdos históricos y poéticos, compite con la Piazzetta de Venecia, y que, por las obras maestras de Escultura que la adornan, hace adivinar lo que debieron de ser las Plazas de Atenas, cuando las obras de Fidias, Praxiteles y Cleómenes recibian en ellas la lluvia del cielo y las reveren- tes miradas de los mendigos ociosos. — En el Foro de Florencia , son Miguel Ángel, Benvenuto Cellini, Juan de Bolonia y Donatello los que excitan la admiración de los transeuntes; pues en él figuran, y podeis ver siempre que paseis (y hasta reparar en que mucha gente cruza ya cerca de ellas sin mirarlas), cinco ó seis obras maestras de aquellos inmortales artistas.
Desde luego habeis empezado por admirar el conjunto de la Plaza, irregular, es cierto; pero muy pintoresca y graciosa; hermoseada por la noble, severa y elegante fachada del Palazzo Vecchio, Capitolio de Florencia, por los grandiosos arcos de la Loggia de Lanzi, donde se reunia el Pueblo á conferenciar sobre la cosa pública, y por el célebre Palacio Ugoccioni, que unos creen ser obrado Rafael y otros del renombrado Paladio.
Al pie de estos edificios veis primeramente el famosísimo David de Miguel Ángel, estátua colosal que representa al Profeta-Rey en los primeros años de su juventud, cuando no era más que un sencillo pastor, pero ya arrogante mancebo. En mi entender, Miguel Ángel ha querido retratar al hijo de Jessé en el momento que vuelve á su casa después de haber matado al Gigante Goliat. Su actitud es modesta y natural, digna y sublime al propio tiempo. Hállase desnudo, con la terrible honda ceñida á la bandolera, y la poderosa diestra caida. En su serena frente se adivinan ya las inspiraciones del artista, la magestad del monarca y las visiones del Profeta. La figura toda es un modelo de belleza humana. De cualquier lado que se la contemple, ya al entrar en la plaza por la Galeria degli Uffizi, ya al salir del Palazzo Vecchio, ora desde la Loggia, ora viniendo de la Catedral, ¡qué sereno continente, qué esbeltez, qué pureza de líneas! — Muchos dicen que esta Estatua, ejecutada por Buonarotti á la edad de 29 años, es la mejor obra de la escultura antigua y moderna. — Mañana, cuando vea la decantada Venus de Médicis, emitiré mi pobre voto.
Cerca de David hay un grupo colosal de Bandinelli, que representa á Hércules matando á Caco; — composición que sería notabilísima en otra ciudad ; pero que en este sétimo cielo del arte apenas llama la atención.
En la Loggia compite honrosamente con la obra maestra de Miguel Ángel el Perseo de Benvenuto Cellini, airosa y noble estátua de bronce, cuya fama es universal.
No lejos se ve una tercera maravilla, el Robo de la Sabina, por Juan de Bolonia, admirable grupo de tres figuras escalonadas una sobre otra, en que el arte ha apurado todos sus recursos para hacer armoniosa y bella una escena tan erizada de dificultades. — El audaz raptor tiene sujeto bajo sus pies al esposo, ó al amante, de la beldad que ha cogido en sus brazos El Sabino rabia y se retuerce contra el suelo, mirando con desesperación á su amada. El Romano contempla con voluptuosa codicia aquel mórbido seno que casi le roza la cara. La Sabina, cogida por las caderas, y pugnando por escaparse, se halla tendida boca arriba, sobre el pecho del soldado de Rómulo, toda desnuda, tan hermosa como Dios la hizo, con los brazos levantados al cielo, cual si le pidiese auxilio, angustiada, bellísima, incitante, digno objeto de tan bárbara contienda. — Todo este grupo, de tamaño mayor que el natural, está labrado en un solo trozo de mármol de Carrara.
Para concluir: á la puerta del Palacio Ducal hay dos estatuas del Dios Término: — al Norte del mismo Palacio, una magnífica Fuente de Neptuno, que me recordó la del Prado de Madrid, bastante inferior á la florentina; — más al Norte, una hermosa Estatua ecuestre de Cosme I de Médicis, obra de Juan de Bolonia; — y dentro de la Loggia, siete Estátuas antiguas, de las cuales seis representan otras tantas Galas prisioneras, y la sétima, Un soldado que sostiene el cuerpo de Ayax moribundo. — En el arco de la misma Loggia que mira al Patio degli Uffici, se encuentra el famoso y no muy bello grupo vaciado en bronce, Judit y Holofernes, obra del inmortal Donatello, de quien ya vi en Venecia unos bellísimos bajo-relieves. — Creo que no se puede pedir más prodigios de arte á una plaza pública.
El Patio degli Uffizi, contiguo á la Plaza del Gran Duque, puede considerarse como una parte de esta, ó como upa continuación de la Loggia de 'Lanzi. A este Patio, que es una calle ó pasaje, á cuyos dos lados corren unos grandiosos pórticos, dan las ventanas del Palazzo degli Uffizi, célebre en todo el mundo por los tesoros artísticos que encierra. — Abajo, delante de los arcos de los pórticos, hay 28 Estátuas que representan á los Toscanos Ilustres : Dante, Petrarca, Alfieri, Maquiavelo, Galileo, Savonarola, Giotto, Orcagna, Lorenzo el Magnífico, Donatello. Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Bocaccio, Americo Vespucio, Guido Aretino, Benvenuto Cellini, Nicolás de Pisa y otros que no recuerdo. — Todas estas Estátuas han sido costeadas con los productos que los Grandes Duques de Toscana han sacado del juego de la Lotería desde 1835.
Dejando para mañana ú otro día el visitar el Palacio degli Uffizi, en que, según mis cálculos, hemos de pasar muchas horas sólo para echar una ojeada á las principales maravillas que guarda, nos fuimos en busca de la Plaza de la Catedral (Piazza del Duomo), separada de la del Gran Duque por una sola calle, ancha, recta y hermosa, que toma sucesivamente tres nombres, y en la cual vimos al paso una de las más notables iglesias de Florencia, llamada Or S. Michele, de que ya hablaré cuando la vea con detenimiento.
En la Plaza del Duomo de Florencia, lo mismo que en la de Pisa, se ven agrupados tres diferentes edificios, á cual más bello, que constituyen una sola obra:— la Catedral, el Campanile y el Bautisterio. — Sólo falta el Campo-Santo; pero en cambio se ven otras notables construcciones (dependencias y fundaciones de la Catedral, ó albergue de los Canónigos), adornadas por dentro y por fuera con preciosas obras de arte. — En fin, al mediodía del Templo hay una Piedra, il Sasso di Dante, en la cual, según la tradición, se sentaba todas las tardes el poeta á descansar de sus fatigas — ¡hace 560 años!
La Catedral (Santa María del Fiore, — Santa María de la Flor, — así llamada del nombre de la Ciudad, ó de sus Armas, que consisten en un lirio rojo sobre campo blanco) es una de las más célebres de la cristiandad; imponente como fábrica, grandiosa como pensamiento, respetable como historia y por los monumentos que encierra ; pero ni su Fachada está concluida, ni el resto del exterior luce sus grandiosas proporciones á causa de los mármoles de colores que lo revisten. — El Interior es sumamente pobre, ó por mejor decir, aparece muy desnudo y desmantelado, pues no bastan á su ornamentación las obras de arte que allí se admiran.
Entre las cosas que más me han sorprendido en aquel espacioso templo, citaré un Meridiano trazado en el suelo por Toscanelli, el maestro de Cristóbal Colon; los Vidrios de colores de las altas ventanas; un Grupo de Escultura, llamado la Pietá, obra de Miguel Ángel, quien lo destinaba á su Sepulcro, y una Pintura en madera, único adorno de una vasta pared, que representa al Dante, vestido de encarnado, coronado de laurel, con la Divina Comedia en la mano, y mirando á sus pies una vista panorámica de Florencia.
Este precioso cuadro fue ejecutado por Andrea Orcagna, el inspirado pintor que tanto hemos admirado en el Campo-Santo de Pisa, constructor además de la Loggia de la Plaza del Gran Duque y escultor también muy famoso. — Orcagna, que murió en el segundo tercio del siglo XIV, pudo muy bien conocer á Dante, muerto en 1321. — Como quiera que sea, siempre resultará que la República de Florencia, que tanto persiguió y afligió á Dante, lo albergó pocos años después bajo las bóvedas de esta insigne Iglesia, presentándolo reverentemente á la veneración de los florentinos.
Pero la gran maravilla de la Catedral es la famosa Cúpula de Brunelleschi, rival de la de San Pedro de Roma.
Brunelleschi fue el primero que se atrevió á levantar en los aires una obra de esta naturaleza, contra el dictámen de todos los arquitectos de su siglo, que lo tomaron por loco cuando lo oyeron exponer su proyecto. — Baste deciros, para que comprendais cuán difícil se creia entonces edificar una cúpula de tan gigantescas dimensiones, que artistas muy renombrados propusieron que se empezase por llenar de tierra el centro de la Iglesia, hasta que la cúspide de una montaña artificial saliese por la abertura que se trataba de cubrir; por cuyo medio, sólo les restaba construir una especie de corteza sobre aquel molde.
Este ridículo pensamiento tuvo sin embargo su lado ingenioso, que consistió en proponer que, al formar el susodicho monte, se mezclasen monedas con la tierra, á fin de que el pueblo en masa se diese luego prisa á desocupar el templo... — Así y todo, fue desechado, y Brunelleschi obtuvo al fin permiso para ensayar su idea, tan sencilla como barata (pues ni requeria grandes andamios, ni armaduras de hierro, ni arbotantes, ni ninguna de las pueriles precauciones tomadas hasta entonces por la ignorancia para acometer obras de este género), y levantó aquella portentosa máquina, aquel templo aéreo, cuyo diámetro pasa de 130 pies, y cuyo vértice dista 300 pies del pavimento de la Iglesia.
Algunos dicen que la cúpula de Brunelleschi tiene más mérito que la de Miguel Ángel, que hemos citado, construida un siglo después... (Vése ya desde luego, que tiene el de la prioridad). Pero este mérito, añaden, no consiste en la belleza, sino en el atrevimiento de la construccion...— Yo me alegro de que así sea; pues de este modo conservo íntegra la ilusion con que espero ansiosamente el dichoso instante en que pueda contemplar la célebre maravilla del Renacimiento, la decantada Cúpula de San Pedro de Roma, llamada por Víctor-Hugo en Notre Dame de París: «Idea de desesperación...; obra inmensa que merecía ser única;- última originalidad de la arquitectura ; firma de un artista gigante al pié del colosal registro de piedra que se cerraba... »
El Campanile , que se alza al lado del Duomo, es, según ya he indicado, mucho más bello que el de Pisa, si bien de forma menos extraña. — Giotto, el ilustre Giotto, lo dibujó y empezó á construirlo. — Su estilo es gótico italiano, pero tan delicado y gracioso, que nuestro emperador Carlos V decia que aquella obra maravillosa «debería estar encerrade en un estuche, á fin de que el tiempo no la ajase...» — Su altura llega á 258 pies. Es cuadrado, y consta de cinco cuerpos revestidos de mármoles de colores. El primer cuerpo está adornado de preciosísimos bajo-relieves, y el segundo de estátuas de extraordinario mérito esculpidas por Giotto, Donatello, Luca della Robbia y otros célebres artistas. Los demás cuerpos ostentan elegantes ventanas ojivales. — La idea de Giotto era coronar la Torre con una pirámide de sesenta pies; pero Tadeo Gaddi, que terminó la obra, no se atrevió á levantarla.
El Bautisterio es digno del Campanile, pero no tan bello como el de Pisa. — En cambio, sus tres Puertas de bronce están reputadas como otros tantos prodigios de arte, y Miguel Ángel decia de una de ellas «que merecía ser la puerta del Paraíso.» —Débense á Andrés Pisano y á Lorenzo Ghiberti, y su mérito consiste en los primorosos bajo-relieves que las adornan, y que representan asuntos tomados de la Biblia.
La Puerta que mira á la fachada de la Catedral, obra de Ghiberti, es la más celebrada y la que tanta admiración causaba á Miguel Ángel. — El mismo Rafael se complacia en decir que más de una vez habia tratado de imitar las purísimas formas de algunas de las figuras de aquellos bajo-relieves. — Ghiberti empleó veinte años en hacer las dos puertas que llevan su nombre, siendo de advertir que sólo tenia veinte y tres de edad cuando obtuvo el encargo de ejecutarlas, y que venció á los primeros artistas de su época, entre otros á Brunelleschi, en el concurso que se celebró al efecto.
Fatigados ya de tanto ver y admirar (y eso que no habíamos hecho más que visitar dos Plazas y una Iglesia), tomamos un cabriolé y le dijimos al cochero que nos pasease por la Ciudad, sin otro norte que su capricho, resueltos por nuestra parte á no detenernos ante cosa alguna, por mucho que nos maravillara. — De otra manera nos hubiera sido imposible formar esta tarde una ligera idea de toda la Capital, según nos habíamos propuesto al salir del Hotel.
Corrimos, pues, de calle en calle y de plaza en plaza, viendo á cada paso severos Palacios de construcción etrusca, esto es, ciclópea, basada en grandes monolitos, y de una arquitectura peculiar de la antigua Florencia, que consiste en dejar lisos los ampios muros, sin más adorno que una gran cornisa y algunas pequeñas ventanas de gracioso corte, altas y estrechas, partidas por una columna que forma dos arcos tan semejantes á los de las ojivas góticas como á los de los agimeces árabes. — Estos Palacios tienen un aspecto, á la vez elegante y sombrío, guerrero y voluptuoso, que recuerda á aquellos aristócratas florentinos, ilustres en las letras y en las artes, cuanto terribles en la plaza pública ó en los campos de batalla.
El cochero nos iba diciendo el nombre de algunos de aquellos edificios: nombres que levantaban un mundo de recuerdos en la imaginación. — Este es el palacio Stiozzi Ridolfi, donde habitó Blanca Capello (exclamaba). — Este es el Palacio de los Médicis, su primera casa, en donde vivían como simples blanqueros, antes de ser llamados al gobierno de la ciudad y del mundo.— Este es el Palacio Strozzi, tipo y modelo de los palacios florentinos. — Esta es la Casa Buonarroti (la casa de Miguel Ángel), donde vive todavía un descendiente de su familia y se ven dibujos, instrumentos y muebles que pertenecieron al grande artista , así como su correspondencia!! — Esta es la Casa de Alfieri. — Esta es la Casa de Dante. — Aquí vivió Galileo. — Aquí Maquiavello!...
Y mientras el cochero hablaba de este modo, íbamos encontrando Estátuas y más Estátuas (pasan de 200 las que decoran las calles y plazas de la Capital), Fuentes y más Fuentes, grandiosos Templos, magníficos Arcos, millares de obras artísticas...
Y huyendo de tanta grandeza, abrumados por tantas emociones, salimos al campo, y en el campo encontramos centenares de lujosos darruajes, ocupados por lores ingleses, opulentos americanos y Príncipes de toda Europa; villas regias; bellísimos Jardines; la grandiosa mole del Palacio Pitti, vista á lo lejos; la remota perspectiva de cúpulas y torres, debajo de las cuales sabíamos ya que nos esperaban nuevos prodigios de arte que admirar... — ¡Siempre Florencia! ¡Florencia'' por todas partes; cada vez más bella y más rica, más elegante y seductora!
Al espirar el día, estábamos en el Monte alle Croci, elevada colina que domina toda la Ciudad, y desde cuyo vértice conseguimos al cabo abarcar de una ojeada tantas maravillas; deslindarlas; sentirlas en conjunto...
—¡Florencia! murmuraba yo todavía, como queriendo evocar en mi corazón nuevos deseos cifrados en este mágico nombre, nuevas ilusiones compendiadas en él...
Lentamente fue apagándose en el cielo el resplandor del crepúsculo, mientras que del perezoso Arno iba levantándose una niebla blanquecina que empezó á ocultarnos la Ciudad.
Entonces brillaron luces en los balcones de los palacios y en las ventanas de las casas más humildes, y luego en las calles y plazas...
Había anochecido. — Ya era un recuerdo mi primer día en la patria de Alighieri. — Aquellas luces que brillaban en las tinieblas, me parecían antorchas funerales que circuían el túmulo de mis ilusiones infantiles.
En esto sonaron todas las campanas de la extensa ciudad, unas después de otras, pero confundiéndose al fin en una sola plegaria...
Era la Oración.
¡Cuán lejos de la patria nos sorprendía la noche!...
Sin embargo, el melancólico acento de las campanas decía claramente en su idioma universal: Ave-María...
No éramos, pues, tan extranjeros en la culta, en la sensual, en la pagana Florencia. —
Cuando bajamos del Monte alle Croci, duraba aún en el remoto Occidente un cárdeno reflejo del pasado día que ha servido de fecha á este capítulo.